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Viticultura

Desde que sabemos que el cambio climático es casi irreversible y que de hecho el mundo se encuentra en una emergencia climática cuyo alcance todavía no somos del todo conscientes, no dejamos de preguntarnos qué podemos hacer para adaptarnos o amortiguar-lo. El proyecto de investigación MIDMACC, del programa europeo Europa Life, ya hace más de un año que trabaja en nuestros viñedos para encontrar respuestas a una pregunta que nos hacemos a menudo: estamos haciendo todo lo que podemos para amortiguar el cambio climático? Los viñedos de media montaña, como las que tenemos en Mas Marés, pueden ser una buena herramienta para evitar la erosión y por tanto influir en las consecuencias del cambio climático. Los investigadores han colocado unas pequeñas máquinas en los viñedos para saber cómo se mueve el agua en nuestros viñedos, porque esto nos da pistas sobre la erosión de los suelos. Estos datos nos ayudarán a determinar cuáles son las diferencias, a nivel ambiental, entre trabajar en vaso o en espaldera, por ejemplo.

Recoger datos es una manera muy sutil de abrir una ventana al futuro. Esperamos poder ir explicándoos todos sus frutos.

Cuando la primavera estalla, es un buen momento para reinjertar y ya hacía unos meses que teníamos unas varas que habíamos ido a buscar. La historia es larga, de una viña que hace soñar, porque año tras año el vino que sale es bueno, muy bueno; porque el viñedo lo hemos visitado muchas veces y es precioso. Hacía mucho que estábamos enamorados y finalmente nos decidimos: le pedimos madera al viticultor para reproducirla. Ahora podremos tener un trocito de ella en casa y no podemos ser más felices.

Las cepas que hemos reinjertado eran de merlot, de los viñedos que están más cerca de la bodega. Añadiendo estas variedades locales de viñas viejas creábamos una cepa frankenstein, como diría Miguel Hudin, pero para nosotros son margaritas junto al lago Lemán. Tener viñedos reinjertados con variedades locales se ha convertido en uno de nuestros objetivos principales para conseguir reducir el impacto medioambiental de nuestro trabajo. Desde hace un tiempo que observamos el comportamiento de las plantas ante el cambio climático y hemos constatado que aquellas que mejor se adaptan son las de variedades locales.

Sabemos que estos trabajos de hoy verán el fruto de aquí bastante tiempo. No será hasta dentro de unos años que esta viña nos dará madera para reproducir más viña, y también tendremos que esperar un tiempo para poder hacer vino. Un largo recorrido para conseguir una viticultura sostenible, con cepas que necesitan menos agua y más resistentes a las condiciones climáticas de la zona. Un camino que es un homenaje también al legado de los viticultores y viticultoras que nos han precedido: este encuentro, la viña que nos enamoró hace un tiempo, la madera que nos ha ofrecido el buen viticultor que la ha cuidado tanto tiempo. En conjunto, un regalo para el futuro de nuestro paisaje y de la tradición vitivinícola del Empordà.

Esta semana hemos tenido una tregua de tramontana y por fin hemos podido reanudar la plantación de barbados.

Los barbados son los pies de la cepa, que llevarán al cabo de un tiempo el injerto de la variedad que escogemos. Los portainjertos se plantan y se dejan un año o dos para que se adapten bien a la tierra. Todas las cepas que tenemos son injertados de cepa americana, un pie, por tanto, que no es de variedad local.

Ahora bien, todas las cepas son injertados y de hecho es la única manera que tenemos para que la filoxera no haga enfermar la planta.

Hace unos días os contábamos que una de las tareas que hacemos durante el invierno es arrancar variedades que con el tiempo hemos visto que no se adaptaban y no daban muy buen rendimiento. En los últimos años y gracias al estudio de la biblioteca de variedades de las viñas viejas, hemos redescubierto variedades que vivían entre nosotros, más o menos olvidadas, como la cariñena blanca, la picapoll negra, la picapoll roja o la garnacha roja (lledoner roig).

Dentro uno o dos años, escogeremos una de estas variedades locales y podremos empezar a injertar plantas. Mientrastanto toca esperar e ir siguiendo los ciclos largos de la naturaleza.

Ya hace tiempo que decidido que queríamos trabajar con variedades locales como las garnachas, las cariñenas, el moscatel, la picapolla. Hay varias razones, pero seguramente la más importante es porque son variedades muy adaptadas a nuestros suelos y a nuestro clima y por lo tanto, esto hace que los frutos sea mejores. La planta se puede concentrar a hacerlos lo mejor que sabe en lugar de combatir inclemencias sobrevenidas, como la tramontana. Estos viñedos de variedades locales necesitan menos agua y tienen periodos de brotación y madurez totalmente adaptados a nuestro clima. Definitivamente son más sostenibles!

También lo hacemos por el legado, la tradición y todo lo que nos han enseñado los que estuvieron antes que nosotros. El carácter único de estas variedades hará también que tengamos los vinos que deseamos, profundamente ampurdaneses. Las variedades propias se adaptan a la tramontana, necesitan menos agua y tienen periodos de brotación y madurez adaptados a nuestro clima.

De vez en cuando toca arrancar viñedos, porque hace más de treinta años plantamos otras variedades venidas de fuera. En ese momento se llamaban «mejorantes» porque se creía que podían ayudar a beneficiar el terruño. Ahora sabemos más y nos han ayudado sobre todo a mejorar en nuestro trabajo, hemos aprendido mucho de ellas y les agradecemos todo este aprendizaje. Las que tenemos todavía las vamos arrancando paulatinamente cada año, algunas las reinjertamos con variedades locales como garnachas, cariñenas de todos colores, picapolla, moscateles y malvasías.

Los viticultores, como todos los campesinos, vivimos en una incertidumbre permanente. Este año esta gimnasia de generaciones nos ha permitido asumir una añada difícil con amor y aprovechar para conectar con la tierra como nunca.

Ya teníamos claro que deseábamos que los viñedos y el entorno que las rodea, los parques naturales del Cap de Creus, de la Albera y un poco más lejos los Aiguamolls del Empordà fueran uno. Que la vida cultivada y la asilvestrada fueran sinérgicas y que se protegieran la una a la otra. Es una idea que no sale de un día para otro y que es el trabajo de años, en este caso una veintena. Este año ha coincidido con la certificación ecológica de todos los viñedos y, aunque sólo es un hito del camino que estamos haciendo, es bastante significativo.

Esta añada que hace pocos días que terminamos de cosechar comenzó, hace un año, en otoño con lluvias torrenciales que nos asustaron por la virulencia. La decisión fue priorizar la contención de la erosión como primera razón de cualquier toma de decisiones en viticultura. La tierra, los suelos, son la base de toda la vida, y hay que preservarlos.

En invierno el Gloria, aunque no nos afectó mucho, reafirmó todos los pensamientos de otoño y nos volvió a recordar que el clima está cambiando y que no queremos ser cómplices de ello.

Y cuando la primavera empezaba a asomar, llega la COVID-19. Entonces fue el momento de poner en práctica todos los aprendizajes sobre la incertidumbre que habíamos aprendido nosotros y también los de las generaciones que nos preceden (gracias abuela Quimeta!). El gran reto era que nadie se quedara sin trabajo y que, a pesar de no saber qué pasaría, la cosecha saliera adelante. El equipo cerró filas.

Y entonces LA LLUVIA. Lluvia y más lluvia y más lluvia y más lluvia. Hay que vigilar lo que se desea. Los viñedos nunca habían sido tan verdes ni habían estado tan llenos de vida. Tuvimos tiempo para observarlos de otro modo: con mucha más calma y con la sensación de que pisarlos nos cura el alma y hace alejar los miedos. La viña es agradecida y sabe que la cuidamos como nunca y nos da frutos a pesar de las dificultades y el mildiu. Nosotros, contentas y agradecidas.

En mayo quince días de sequía hicieron cambiar el paisaje. Y cuando ya llegaba el verano pensamos que la sequía era importante. El vigor de los viñedos se detuvo de golpe y el paisaje vitícola que había sido verde hasta entonces se volvió pardo. Finalmente los hongos se detuvieron y pudimos respirar un poco tranquilas.


Finalmente la vendimia, una de aquellas que recordaremos: llena de sustos que no nos han llevado a ninguna parte. Compulsión a la hora de mirar los radares meteorológicos que señalaban granizadas o tempordales que se acercaban pero que no nos han llegado a tocar nunca. Gracias. El jabalí no nos ha respetado tanto y hemos tenido que vendimiar alguna viña antes de tiempo, para llegar antes que ellos. La sensación de impotencia es terrible. Ha costado mucho llegar hasta aquí para que en pocos días desaparezcan las uvas de viñedos enteros. Decidimos cerrar viñedos y nos concentramos de nuevo.

La añada ha sido una carrera de obstáculos sin fin. Sin embargo la vendimia ha sido tranquila. La bodega se ha ido llenando poco a poco cada día. Ahora la lentitud de la viña se transmite a las tinas. Separamos parcelas y parcelita y nos lo agradecen mostrándonos el carácter de cada una. Hemos aprendido que la lentitud en el hacer, en el pensar, nos ayuda a ser más conscientes y a entender mejor el oficio y la tierra que nos acoge. Y así encaramos otoño, mirando la añada que ya raposa.

Anna Espelt Delclós